Rojo y negro
Rojo y negro —¿Ve a ese hombre? —le dijo bastante bajo a Julien—; es el prÃncipe de Araceli, embajador de… Esta mañana le ha pedido mi extradición a su ministro de Asuntos Exteriores de Francia, el señor de Nerval. Mire, está allÃ, jugando al whist. El señor de Nerval está bastante dispuesto a entregarme, porque nosotros entregamos a dos o tres conspiradores en 1816. Si me devuelven a mi rey, me colgarán antes de veinticuatro horas. Y será uno de estos guapos señores de bigote quien me echará el guante.
—¡Los muy infames! —exclamó Julien casi en voz alta.
Mathilde no se perdÃa una sÃlaba de lo que hablaban. El aburrimiento se habÃa esfumado.
—No tan infames —contestó el conde Altamira—. Le he hablado a usted de mà para impresionarlo con una imagen directa. FÃjese en el prÃncipe de Araceli; se mira cada cinco minutos el Toisón de Oro; no acaba de hacerse a la idea del placer que le da verse esa baratija en el pecho. Ese pobre hombre no es en el fondo sino un anacronismo. Hace cien años, el Toisón era un honor insigne, pero en aquellos tiempos no habrÃa descendido para posarse en su persona. Hoy, entre las personas de buena cuna, hay que ser un Araceli para estar encantado con él. HabrÃa mandado ahorcar a una ciudad entera para conseguirlo.