Rojo y negro
Rojo y negro «¡Que él, que es en verdad tan guapo —se dijo por fin Mathilde, saliendo de su ensoñación—, haga ese elogio de la fealdad! ¡Nunca se mira a sà mismo! No es como Caylus o Croisenois. Hay en este Sorel algo del aspecto que adopta mi padre cuando imita tan bien a Napoleón en el baile —se habÃa olvidado por completo de Danton—. Definitivamente, esta noche me aburro.» Se cogió del brazo de su hermano, y para mayor disgusto suyo, lo obligó a dar una vuelta por el baile. Se le ocurrió la idea de ir siguiendo la conversación del condenado a muerte con Julien.
El gentÃo era enorme. Consiguió, sin embargo, alcanzarlos cuando, dos pasos por delante de ella, Altamira se estaba acercando a una bandeja para coger un helado. Hablaba con Julien volviendo el cuerpo a medias. Vio la manga de un frac bordado que cogÃa un helado que estaba junto al suyo. Los bordados parecieron llamarle la atención; se volvió del todo para ver al dueño de la manga. En el acto, le apareció en los ojos, tan nobles y tan ingenuos, una leve expresión de desdén.