Rojo y negro

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—Eso dicen algunas personas —le contestó Julien, mostrando un desprecio muy mal disimulado y la mirada inflamada aún por la conversación con Altamira—, pero, por desgracia para las personas de alcurnia, era abogado en Méry-sur-Seine; es decir, señorita —añadió con cara malévola—, que empezó como varios senadores a quienes estoy viendo aquí. Es cierto que Danton tenía una enorme desventaja para los ojos de las bellas: era feísimo.

Estas últimas palabras las dijo velozmente, con expresión fuera de lo común y, desde luego, muy poco cortés.

Julien se quedó esperando un momento, con el busto algo inclinado y un aire orgullosamente humilde. Parecía decir: «Me pagan para responderle y vivo de lo que me pagan». No se dignaba alzar la vista hacia Mathilde. Ella, con los hermosos ojos muy abiertos y clavados en él, parecía esclava suya. Por fin, al prolongarse el silencio, la miró como mira un criado a su amo para pedir órdenes. Aunque sus ojos se cruzaron de frente con los de Mathilde, que los seguía teniendo clavados en él con mirada peculiar, se alejó con marcada diligencia.



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