Rojo y negro
Rojo y negro «¡Está hablando con el conde Altamira, mi condenado a muerte! —se dijo Mathilde—. Sus ojos rebosan un fulgor sombrÃo; parece un prÃncipe disfrazado; tiene una mirada aún más orgullosa.»
Julien se iba acercando al lugar en que estaba Mathilde, sin dejar de conversar con Altamira; ella lo miraba fijamente, estudiando sus rasgos para buscar en ellos esas elevadas virtudes que pueden valerle a un hombre el honor de que lo condenen a muerte.
Según pasaba por su lado, le iba diciendo al conde Altamira:
—¡SÃ, Danton era un hombre!
«¡Ah, cielos! ¿Será un Danton? —se dijo Mathilde—. Pero tiene un rostro tan noble y el Danton aquel era tan espantosamente feo, un carnicero, creo.»
TenÃa aún a Julien bastante cerca; no vaciló en llamarlo; era consciente de que estaba haciendo una pregunta extraordinaria en una joven y se sentÃa orgullosa de hacerla.
—¿No era Danton carnicero? —le dijo.