Rojo y negro
Rojo y negro Mathilde lo miraba con expresión singular. «Esta es la coqueterÃa de las mujeres de este paÃs tal y como me la habÃa descrito la señora de Rênal —se dijo Julien—. No cedà al capricho de charlar que le habÃa entrado. Asà que me valora más. Pero eso no quiere decir nada seguramente. Bien sabrá vengarse su altivez desdeñosa más adelante. Que lo haga, no la temo. ¡Qué diferencia con lo que he perdido! ¡Qué deliciosa espontaneidad! ¡Que candor! Yo sabÃa lo que iba a pensar antes que ella, veÃa nacer sus pensamientos, no tenÃa más antagonista en su corazón que el temor a que murieran sus hijos; era un cariño sensato y natural, ameno incluso para mÃ, a quien hacÃa padecer. He sido un necio. Lo que me imaginaba de ParÃs me impidió valorar a esa mujer sublime.
»¡Qué diferencia, santo cielo! Y¿qué me encuentro aqu� Vanidad árida y altanera, todos los matices del amor propio, y nada más.»
Ya se estaban levantando de la mesa. «No dejemos que se nos escape el académico», se dijo Julien. Se le acercó cuando todo el mundo iba al jardÃn, adoptó una expresión mansa y sumisa y compartió su ira contra el éxito de Hernani[46].
—Si estuviéramos todavÃa en tiempos de las cartas-órdenes reales… —dijo.
—En tal caso no se habrÃa atrevido —exclamó el académico con un ademán al estilo de Talma[47].