Rojo y negro
Rojo y negro A propósito de una flor, Julien citó unas palabras de las Geórgicas de Virgilio y opinó que no había nada que pudiera compararse con los versos de Delille[48]. En pocas palabras, aduló al académico de todas las formas posibles. Dijo luego, con la cara más indiferente:
—Supongo que la señorita de La Mole ha recibido la herencia de algún tío suyo y lleva luto por él.
—¡Cómo! ¿Es usted de la casa y no está al tanto de esa locura suya? —dijo el académico parándose en seco—. Es raro, por cierto, que su madre le consienta cosas sí; pero, entre nosotros, la firmeza de carácter no es precisamente lo más destacable de esta casa. La señorita Mathilde la tiene por todos ellos y lleva las riendas. ¡Hoy es 30 de abril!
Y el académico calló, mirando a Julien con aire de agudeza. Julien sonrió con la expresión más inteligente que fue capaz de poner.
«¿Qué relación puede haber entre llevar las riendas de una casa, ponerse un vestido negro y el 30 de abril? —se decía—. Seguro que soy más torpe de lo que pensaba.»
—He de confesarle… —le dijo al académico. Y seguía interrogándolo con la mirada.
—Vamos a dar una vuelta por el jardín —dijo el académico, intuyendo, encantado de la vida, la ocasión de hacer un relato largo y elegante.