Rojo y negro
Rojo y negro «¡TendrÃa gracia que me quisiera! Me quiera o no —seguÃa pensando Julien—, tengo por confidente Ãntima a una joven inteligente, ante la que veo que tiembla toda la casa, y más que todos el marqués de Croisenois. ¡Ese joven, tan cortés, tan dulce, tan valiente, y que cuenta con todos los beneficios de nacimiento y fortuna con que a mÃ, solo con uno, se me pondrÃa el ánimo tan satisfecho! Está locamente enamorado y se va a casar con ella. ¡Cuántas cartas me ha hecho escribir el señor de La Mole a los dos notarios para preparar el contrato! Y yo, que me veo tan subalterno, con la pluma en la mano, pasadas dos horas y aquà en el jardÃn, le gano la partida a ese joven tan agradable, porque, vamos a ver, las preferencia son llamativas y directas. También puede ser que aborrezca en él a un futuro marido. Es lo suficientemente altanera para ello. Y ¡las bondades que tiene conmigo, las consigo en mi condición de confidente subalterno!