Rojo y negro
Rojo y negro Varias veces, en días de malhumor, Mathilde intentó adoptar con él el tono de una gran señora; era sutilísima en esos intentos, pero Julien los rechazaba con rudeza.
Un día, la interrumpió de repente:
—¿Tiene la señorita de La Mole alguna orden que darle al secretario de su padre? —le dijo—. Tiene la obligación de oír sus órdenes y de obedecerlas respetuosamente, pero, por lo demás, no tiene nada que decirle. No le pagan para informar de las cosas que piensa.
Esta forma de ser y las singulares dudas que tenía Julien acabaron con el aburrimiento que hallaba regularmente en aquel salón tan espléndido, pero donde le temían a todo y no estaba bien visto bromear con nada.