Rojo y negro
Rojo y negro Menos de un mes después de esto, Julien paseaba, pensativo, por el jardín del palacete de La Mole; pero no llevaba ya en la cara la dureza y la hosquedad filosófica que le daba la sensación continua de su inferioridad. Acaba de acompañar a la puerta del salón a la señorita de La Mole, que aseguraba que se había hecho daño en un pie al correr con su hermano.
«Se me ha apoyado en el brazo de forma muy singular —se decía Julien—. ¿Seré un fatuo o será cierto que siente afición por mí? ¡Me escucha con una expresión tan dulce incluso cuando le confieso todos los padecimientos de mi orgullo! Muy asombrados se quedarían en el salón si le viesen la cara. Desde luego, esa expresión tan dulce no la tiene con nadie más.»
Julien intentaba no desorbitar aquella singular amistad. Él mismo la comparaba con un entendimiento sin bajar las armas. Todos los días, cuando volvían a verse, antes de reanudar con el tono casi íntimo de la víspera, casi se preguntaban: «¿Hoy vamos a ser amigos o enemigos?». Julien había comprendido que dejar que lo ofendiera impunemente una sola vez aquella joven tan altanera era perderlo todo. «Si tengo que reñir con ella ¿no vale más que sea desde el principio, defendiendo los derechos que justificadamente le corresponden a mi orgullo, que rechazando las señales de desprecio que no tardarían en llegar tras la mínima renuncia de lo que le debo a mi dignidad personal?»