Rojo y negro
Rojo y negro La señora de La Mole llamó a su hija. Para que la hipocresía resulte útil hay que ocultarla; y Julien, como hemos visto, le había hecho a la señorita de La Mole una confidencia a medias acerca de la admiración que sentía por Napoleón.
«Esa es la enorme ventaja que tienen sobre nosotros —se dijo Julien al quedarse solo en el jardín—. La historia de sus antepasados los pone por encima de los sentimientos vulgares y no tienen que estar pensando siempre en la subsistencia. ¡Qué miseria! —añadía con amargura—. Soy indigno de razonar acerca de esos magnos intereses. Mi vida no es sino una sucesión de hipocresías porque no tengo mil francos de renta para comprar pan.»
—¿En qué anda usted pensando, caballero? —le dijo Mathilde, que volvía a la carrera.
Julien estaba harto de despreciarse. Por orgullo, dijo con sinceridad qué estaba pensando. Se puso muy colorado al hablar de su pobreza a una persona tan rica. Intentó dejar bien claro, por su tono orgulloso, que no estaba pidiendo nada. Nunca le había parecido tan encantador a Mathilde; le vio una expresión de sensibilidad y sinceridad de la que con frecuencia carecía.