Rojo y negro
Rojo y negro Poco a poco, las conversaciones con aquella joven de presencia tan imponente y, al tiempo, tan desembarazada, se volvieron más interesantes. A Julien se le olvidaba su triste papel de plebeyo sublevado. Le parecÃa instruida e incluso sensata. Sus opiniones en el jardÃn eran muy diferentes de las que reconocÃa tener en el salón. A veces le mostraba a Julien un entusiasmo y una sinceridad que contrastaban por competo con su forma de ser habitual, tan altanera y tan frÃa.
—Las guerras de la Liga son los tiempos heroicos de Francia —le decÃa un dÃa, con ojos resplandecientes de talento y de entusiasmo—. Entonces todo el mundo luchaba para conseguir algo que deseaba, para que triunfase su partido, y no para ganar, sin más, una condecoración, como en tiempos de su emperador. Admita que habÃa entonces menos egoÃsmo y menos mezquindad. Me gusta ese siglo.
—Y el héroe de ese siglo fue Boniface de La Mole —le dijo Julien.
—Al menos, lo quisieron como quizá resulte dulce que lo quieran a uno. ¿A qué mujer de las que viven hoy no le causarÃa espanto tocar la cabeza de su amante decapitado?