Rojo y negro
Rojo y negro Estaba empezando a no considerar ya aridez de corazón esa clase de belleza que tiene que ver con la nobleza del porte. Tuvo largas conversaciones con la señorita de La Mole, quien, a veces, después de la cena, paseaba con él por el jardÃn, a lo largo de las ventanas abiertas del salón. Le dijo un dÃa que estaba leyendo la historia de D’Aubigné[50] y de Brantôme[51]. «Singular lectura —pensó Julien—; y ¡la marquesa no le deja leer las novelas de Walter Scott!»
Un dÃa le contó, reluciéndole los ojos de placer, prueba de lo sincero de la admiración que sentÃa, el siguiente rasgo de una joven del reinado de Enrique III que acababa de leer en las Memorias de L’Étoile: al descubrir que su marido le era infiel, lo apuñaló.
Julien se sentÃa halagado en su amor propio. Una persona a la que rodeaba tanto respeto y que, según el académico, llevaba las riendas de toda la casa se dignaba hablar con él de una forma que casi podÃa parecerse a la amistad.
«Estaba equivocado —no tardó en pensar Julien—; esto no es confianza; solo soy un confidente de tragedia: es la necesidad de hablar. En esta familia paso por sabio. Voy a ponerme a leer a Brantôme, a D’Aubigné, a L’Étoile. Y podré poner en tela de juicio algunas de las anécdotas que me menciona la señorita de La Mole. Quiero dejar este papel de confidente pasivo.»