Rojo y negro
Rojo y negro —Era un reproche. Es raro que la marquesa tolere esas locuras… ¡El marido de esta muchacha no va a tener una vida fácil!
Tras esta frase vinieron otras cinco o seis, satÃricas. El regocijo y la intimidad que brillaban en los ojos del académico escandalizaron a Julien. «Aquà estamos como dos criados que se dedican a hablar mal de sus amos —pensó—. Pero nada debe asombrarme en este hombre de academia.»
Un dÃa, Julien lo habÃa sorprendido postrado ante la marquesa de La Mole; le estaba pidiendo una expendedurÃa de tabacos para un sobrino de provincias. Por la noche, una doncellita de la señorita de La Mole, que le tiraba los tejos a Julien como en tiempos pasados Élisa, le dio la idea de que el duelo de su señora no pretendÃa atraer las miradas. Esa rareza le venÃa de la esencia de su carácter. Estaba realmente enamorada de La Mole, amante amado de la reina más inteligente de su siglo, y que murió por haber querido devolver la libertad a sus amigos. Y ¡qué amigos! El principal prÃncipe de la sangre y Enrique IV.
Acostumbrado a la completa espontaneidad que destacaba en el comportamiento de la señora de Rênal, Julien no veÃa sino afectación en todas las mujeres de ParÃs; y, por poco que estuviera predispuesto a la tristeza, no se le ocurrÃa nada que decirles. La señorita de La Mole fue la excepción.