Rojo y negro
Rojo y negro »Pero lo que emociona a la señorita Mathilde, lo que me confesó ella misma, hace seis o siete años, cuando tenÃa doce, ¡porque es que tiene una cabeza… una cabeza…! —y el académico alzó la vista al cielo—, lo que la impresionó en esa catástrofe polÃtica fue que la reina Margarita de Navarra, escondida en una casa de la plaza de Grève[49], se atrevió a pedirle al verdugo la cabeza de su amante. Y la noche siguiente, a las doce metió esa cabeza en su coche y fue a enterrarla en persona en una capilla que estaba al pie de la colina de Montmartre.
—¿Es posible? —exclamó Julien, conmovido.
—La señorita Mathilde desprecia a su hermano porque, como ya lo ve usted, no se acuerda en absoluto en esa historia antigua y no se pone de luto el 30 de abril. Desde los tiempos de esa famosa ejecución, y en recuerdo de la Ãntima amistad de La Mole con Coconasso, que se llamaba, como buen italiano, Annibal, todos los hombres de la familia se llaman asÃ. Y —añadió el académico, bajando la voz— el Coconasso aquel, fue, en palabras del mismÃsimo Carlos IX, uno de los asesinos más crueles del 24 de agosto de 1572… Pero ¿cómo es posible, mi querido Sorel, que ignore usted estas cosas, usted que es comensal de la casa?
—Por eso es por lo que en dos ocasiones durante el almuerzo la señorita de La Mole llamó a su hermano Annibal. CreÃa que habÃa oÃdo mal.