Rojo y negro

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Quizá para contar con víctimas algo más entretenidas que sus padres, que el académico y que los otros cinco o seis subalternos que les bailaban el agua, les había dado esperanzas al marqués de Croisenois, al conde de Caylus y a otros dos o tres jóvenes de lo más distinguido. No eran para ella sino nuevos motivos de epigrama.

Nos cuesta reconocer, porque nos gusta Mathilde, que había recibido cartas de varios de ellos y, a veces, había respondido. Nos apresuramos a añadir que este personaje es una excepción dentro de las costumbres del siglo. No suele ser la falta de prudencia lo que se les puede reprochar a las alumnas del noble convento del Sagrado Corazón.

Un día, el marqués de Croisenois le devolvió a Mathilde una carta bastante comprometedora que esta le había escrito la víspera. Creía que con esa señal de extremada prudencia adelantaría mucho en sus asuntos. Pero era la imprudencia lo que le gustaba a Mathilde en la correspondencia. Lo que la complacía era jugarse el todo por el todo. Estuvo seis semanas sin dirigirle la palabra.

Le resultaban entretenidas las cartas de esos jóvenes, pero, según ella, se parecían todas. Trataban siempre de la pasión más honda y más melancólica.


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