Rojo y negro

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—Son todos el mismo hombre perfecto dispuesto a irse a Palestina —le decía a su prima—. ¿Sabe de algo más insípido? Así que estas son las cartas que me voy a pasar la vida recibiendo. Las cartas así no deben de cambiar más que cada veinte años, según la clase de ocupación que esté de moda. Debían de ser menos insustanciales en tiempos del Imperio. Por entonces todos los jóvenes de la alta sociedad habían visto o habían hecho cosas realmente grandes. Mi tío el duque de N. estuvo en Wagram.

—¿Qué ingenio se necesita para asestar un golpe con el sable? ¡Y cuando han hecho algo así lo cuentan tan a menudo! —dijo la señorita de Sainte-Hérédité, la prima de Mathilde.

—Bueno, pues esos relatos me gustan. Estar en una batalla de verdad, una batalla de Napoleón, donde mataban a diez mil soldados, eso es prueba de valor. Exponerse al peligro eleva el alma y la salva del aburrimiento en que parecen sumidos mis pobres adoradores; y es un aburrimiento contagioso. ¿A cuál de ellos se le ocurre hacer algo extraordinario? Intentar conseguir mi mano, ¡vaya una cosa! Soy rica y mi padre favorecerá a su yerno. ¡Ay, ojalá diese con uno que fuera un poco divertido!


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