Rojo y negro

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Pasó revista a todas las descripciones de la pasión que había leído en Manon Lescaut, en La nueva Héloïse, en las Cartas de la monja portuguesa, etc., etc. Por supuesto, solo pensaba en una gran pasión; el amor superficial era indigno de una joven de su edad y de su cuna. Mathilde solo llamaba amor a ese sentimiento heroico que había en Francia en tiempos de Enrique III y de Bassompierre. Un amor así no se plegaba vilmente a los obstáculos, sino que, antes bien, movía a hacer grandes cosas. «¡Qué desgracia la mía de que no haya una corte de verdad como la de Catalina de Médicis o la de Luis XIII! ¡Me siento a la altura de lo más atrevido y de lo más grande! ¡Qué no haría yo con un hombre cabal, como Luis XIII, suspirando a mis pies! Lo llevaría a Vandea, como suele decir con tanta frecuencia el barón de Tolly, y desde ahí reconquistaría su reino; y entonces se acabaría la Carta… y Julien me secundaría. ¿De qué carece? De nombre y de fortuna. Se labraría un nombre y conseguiría una fortuna.

»A Croisenois no le falta nada y no será nunca mientras viva más que un duque medio ultra y medio liberal, un ser indeciso, siempre alejado de los extremos y, por consiguiente, el segundo en todo.



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