Rojo y negro
Rojo y negro »¿Qué gran acción no es un extremo en el momento en que se emprende? Cuando ya está hecha es cuando les parece posible a las personas vulgares. Sí, es el amor con todos sus milagros el que va a reinar en mi corazón; lo noto por esta llama que me anima. El cielo me debía esa gracia. No habrá acumulado en vano en una única persona todos los beneficios. Mi felicidad será digna de mí. Ya no se parecerán todos y cada uno de mis días, fríamente, a la víspera. Hay ya grandeza y audacia en atreverse a amar a un hombre cuya posición social lo sitúa a tanta distancia de mí. Vamos a ver: ¿seguirá mereciéndome? A la primera debilidad que vea en él lo abandono. Una muchacha de mi estirpe, y con este carácter caballeresco que tienen a bien reconocerme (era algo que decía su padre) no debe comportarse como si fuera tonta.
»¿No sería ese el papel que interpretaría si amase al marqués de Croisenois? ¡Tendría una nueva edición de la felicidad de mis primas, que desprecio por completo! Sé de antemano cuanto iba a decirme el pobre marqués y todo lo que me tocaría responderle. ¿Qué vale un amor que hace bostezar? Tanto valdría ser beata. Me tocaría una firma de contrato como la de mi prima pequeña, en que la familia más próxima se enternecería a menos que la hubiera enojado una última cláusula matrimonial que hubiese metido en el contrato la víspera el notario de la parte contraria.»