Rojo y negro
Rojo y negro »Pese a todas las desventajas de ese eterno frac negro y de esa fisonomÃa de sacerdote que no le queda más remedio que tener al pobrecito mÃo so pena de morirse de hambre, sus méritos les dan miedo, nada más evidente. Y esa fisonomÃa de sacerdote ya no la tiene en cuanto estamos juntos a solas unos momentos. Y, cuando esos caballeros dicen algo que creen que es sutil e inesperado, ¿su primera mirada no es siempre para Julien? Me he fijado muy bien. Y, sin embargo, saben perfectamente que nunca les dirige la palabra a menos que le pregunten algo. Solo a mà me dirige la palabra; piensa que tengo un alma elevada. Únicamente contesta a sus objeciones lo imprescindible para ser educado. Vuelve a mostrarse respetuoso enseguida. Conmigo, se pasa horas enteras charlando; no está seguro de sus ideas mientras yo les ponga la mÃnima objeción. En fin, en todo el invierno no hemos tenido disparos de fusil; solo ha habido que llamar la atención con las palabras. Bien, pues mi padre, hombre superior que hará que llegue lejos la fortuna de nuestra casa, respeta a Julien. Todos los demás lo odian y nadie lo desprecia excepto las beatas que son amigas de mi madre.»