Rojo y negro
Rojo y negro »¿Será acaso un Danton? —se dijo, tras un ensimismamiento prolongado y confuso—. Pues bien, si la revolución volviera a empezar, ¿qué papel desempeñarÃan entonces Croisenois y mi hermano? Está escrito de antemano: la resignación sublime. SerÃan unos corderos heroicos y se dejarÃan degollar sin decir palabra. Su único temor al morir seguirÃa siendo pecar de mal gusto. Mi Julien le descerrajarÃa un tiro en la cabeza al jacobino que viniera a detenerlo por poco que tuviera la esperanza de salvarse. A él no le da miedo pecar de mal gusto.»
Esto último la dejó pensativa; despertaba recuerdos penosos y le quitó el atrevimiento. Le recordaba las bromas de los señores de Caylus, de Croisenois y de Luz y de su hermano. Esos caballeros le reprochaban unánimemente a Julien la pinta de cura: humilde e hipócrita.
«Pero —siguió de pronto, con los ojos relucientes de alegrÃa— esas burlas tan acerbas y tan frecuentes demuestran, a su pesar, que es el hombre más distinguido que hayamos visto este invierno. ¿Qué importancia tienen sus defectos y que se ponga en ridÃculo? Tiene grandeza, y eso los contrarÃa, aunque sean, por lo demás, tan buenos y tan indulgentes. Desde luego que es pobre y que ha estudiado para sacerdote; ellos son jefes de escuadrón y no han tenido necesidad de estudiar; es más cómodo.