Rojo y negro
Rojo y negro —Si mañana algún hidalgo de las montañas del Franco Condado cae en la cuenta de que Julien es hijo natural suyo y le da un apellido y unos cuantos miles de francos, dentro de seis semanas lleva bigotes como los de ustedes, caballeros; dentro de seis meses es oficial de húsares, como ustedes, caballeros; y entonces la grandeza de su carácter no será ya ridícula. Lo veo reducido, señor futuro duque, a esa mala razón antigua: la superioridad de la nobleza de corte sobre la nobleza de provincias. Pero ¿qué le quedará si no quiero dejarle salida, si tengo la malicia de darle por padre a Julien un duque español, prisionero de guerra en Besançon en tiempos de Napoleón que, por escrúpulos de conciencia le reconoce en su lecho de muerte?
Todas esas suposiciones de un nacimiento no legítimo les parecieron de bastante mal gusto a los señores de Caylus y de Croisenois. Eso fue cuanto vieron en el razonamiento de Mathilde.
Por muy dominado que estuviera Norbert, las palabras de su hermana estaban tan claras que se le puso una expresión muy solemne que le sentaba bastante mal, hay que reconocerlo, a su fisonomía sonriente y bondadosa. Se atrevió a decir unas cuantas palabras.
—¿Está enfermo, amigo mío? —le contestó Mathilde con cara de ponerse muy seria—. Muy mal tiene que estar para contestar a unas bromas con unas consideraciones morales.