Rojo y negro
Rojo y negro »¡Usted con consideraciones morales! ¿Es que está pidiendo un cargo de prefecto?
No tardó en echar Mathilde al olvido la expresión irritada del conde de Caylus, el mal humor de Norbert y la desesperación callada del señor de Croisenois. TenÃa que tomar partido sobre una idea fatal que se acababa de adueñar de su alma.
«Julien es bastante sincero —se dijo—; a su edad, con una fortuna inferior y con una ambición pasmosa que lo hace desdichado, necesita una amiga. A lo mejor soy esa amiga; pero no veo en él amor. Con la audacia de su carácter, me habrÃa hablado de ese amor.»
Esta incertidumbre, esa plática consigo misma que, desde ese mismo momento, le ocupó a Mathilde todos los instantes y para la que, cada vez que Julien le hablaba, hallaba nuevos argumentos, desterró por completo todos esos momentos de aburrimiento a los que era tan propicia.
Hija de un hombre de inteligencia despierta que podÃa llegar a ministro y devolverle sus bosques al clero, a la señorita de La Mole la habÃan adulado de la forma más exagerada en el convento del Sagrado Corazón. Una desgracia asà nunca tiene remedio. La habÃan convencido de que, por todas las ventajas que le proporcionaban su nacimiento, su fortuna, etc., tenÃa que ser más feliz que cualquier otra. Tal es el origen del hastÃo de los prÃncipes y de todas sus locuras.