Rojo y negro
Rojo y negro Mathilde no había quedado libre de la funesta influencia de esa idea. Por muy inteligente que una sea, a los diez años no está en guardia contra las adulaciones de un convento entero, y con tan buenos fundamentos en apariencia.
En cuanto decidió que estaba enamorada de Julien, dejó de aburrirse. Se congratulaba a diario por haber tomado el partido de concederse una gran pasión. «Es un entretenimiento con muchos peligros —pensaba—. ¡Pues mejor! ¡Mil veces mejor!
»Sin una gran pasión, languidecía de aburrimiento en el momento más hermoso de mi vida, de los dieciséis a los veinte años. He perdido ya mis mejores años: obligada, por toda diversión, a oír desbarrar a las amigas de mi madre quienes, en Coblenza en 1792, no eran, a lo que se dice, tan severas precisamente como lo son sus palabras de ahora.»