Rojo y negro
Rojo y negro Esta cruel sospecha le cambió a Julien toda la disposición anímica. La idea halló en su corazón un comienzo de amor que no le costó destruir. Dicho amor solo se basaba en la excepcional belleza de Mathilde o, más bien, en sus modales de reina y su admirable forma de vestirse. En eso Julien era todavía un advenedizo. Una mujer bonita de la alta sociedad es, por lo que dicen, lo que más sorprende a un campesino que sea hombre inteligente cuando llega a los rangos más elevados de la sociedad. No era la forma de ser de Mathilde la que hacía soñar a Julien los días anteriores. Tenía bastante sensatez para darse cuenta de que no conocía esa forma de ser. Todo cuanto veía de ella podía no ser sin una apariencia.
Por ejemplo, Mathilde no habría dejado de ir los domingos a misa por nada del mundo y casi todos los días acompañaba a oírla a su madre. Si, en el salón del palacete de La Mole, a algún imprudente se le olvidaba dónde estaba y se permitía la alusión menos parecida a un broma en contra de los intereses, ciertos o supuestos, del trono o del altar, Mathilde adoptaba en el acto una seriedad glacial. Su mirada, que era tan vivaz, recobraba toda la altivez impasible de un antiguo retrato de familia.