Rojo y negro
Rojo y negro Pero Julien sabía de buena tinta que tenía siempre en su cuarto uno o dos tomos de los más filosóficos de Voltaire. Él también robaba con frecuencia algunos tomos de esa hermosa edición tan espléndidamente encuadernada. Al espaciar un poco los tomos ocultaba la ausencia del que se llevaba; pero no tardó en caer en la cuenta de que había otra persona que leía a Voltaire. Recurrió a una astucia de seminarista: colocó unos pedacitos de crin en los tomos que suponía que podían interesarle a la señorita de La Mole. Desaparecían semanas enteras.
El señor de La Mole, impacientado con su librero, que le enviaba todas las Memorias falsas, encargó a Julien que comprase todas las novedades un tanto atrevidas. Pero, para que el veneno no se expandiese por la casa, el secretario tenía orden de dejar esos libros en una estantería pequeña que estaba en la habitación del marqués. No tardó en tener la seguridad de que, por poco que esos libros nuevos fueran hostiles a los intereses del trono y del altar, no tardaban en desaparecer. Y, desde luego, el lector no era Norbert.
Julien, dándole a esa experiencia una importancia excesiva, creía que la señorita de La Mole tenía la doblez de Maquiavelo. Ese supuesto comportamiento infame era un atractivo desde su punto de vista, casi su único atractivo intelectual. El hastío de la hipocresía y de las palabras virtuosas lo hacía caer en ese exceso.