Rojo y negro

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Más que dejarse llevar por el amor, sentía el acicate de la imaginación.

Era tras haberse sumido en ensoñaciones sobre la elegancia del talle de la señorita de La Mole, el excelente gusto en su forma de vestir, la blancura de la mano, la belleza del brazo, la disinvoltura de todos los ademanes cuando se sentía enamorado. Entonces, para rematar el hechizo, la tomaba por una Catalina de Médicis. Nada era demasiado profundo ni demasiado infame para la forma de ser que le atribuía. Era el ideal de los Maslon, los Frilair y los Castanède a quienes había admirado él en su juventud. Era para él, en resumidas cuentas, el ideal de París.

¿Hubo alguna vez algo más chistoso que atribuir profundidad o infamia a la forma de ser parisina?

«Es posible que este trío se esté riendo de mí», pensaba Julien. Poco sabemos de su carácter si no estamos viendo ya la expresión sombría y fría que adoptaron sus miradas al responder a las de Mathilde. Una ironía amarga rechazó las prendas de amistad con que la señorita de La Mole, extrañada, se atrevió a aventurarse dos o tres veces.


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