Rojo y negro
Rojo y negro La música cantada por franceses aburría mortalmente a Mathilde; y, no obstante, Julien, que consideraba un deber presenciar la salida de la Ópera, se fijó en que hacía que la llevasen cuantas veces podía. Le pareció notar que había perdido algo de la perfecta mesura que destacaba en todas sus acciones. Contestaba a veces a sus amigos con bromas ofensivas de tan enérgicamente mordaces como eran. Le dio la impresión de que tenía atravesado al marqués de Croisenois. «¡Mucho tiene que gustarle el dinero a ese joven para no “dejar plantada” a esta joven, por muy rica que sea!», pensaba Julien. Y él, indignado de aquella forma de ultrajar la dignidad masculina, se mostraba cada vez más frío con ella. Llegó con frecuencia a dar respuestas poco corteses.
Por muy resuelto que estuviera a no dejar que lo engañasen las señales de interés de Mathilde, eran tan evidentes algunos días, y a Julien, cuyos ojos estaba empezando a abrirse, le parecía tan bonita que había ocasiones en que lo ponían en apuros.