Rojo y negro

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«La habilidad y la longanimidad de estos jóvenes de la alta sociedad acabarían por triunfar sobre mi escasa experiencia —se dijo—; tengo que irme y acabar con todo esto.» El marqués acababa de encargarle la administración de unas cuantas fincas pequeñas y unas cuantas casas que tenía en el Bajo Languedoc. Se imponía un viaje: al señor de La Mole le costó acceder a ello. Salvo en las cuestiones de ambición muy elevada, Julien se había convertido en su alter ego.

«En resumidas cuentas, no me han pescado —se decía Julien mientras preparaba la marcha—. Bien sean reales las bromas de la señorita de La Mole o bien no tengan más intención que inspirarme confianza, me han resultado entretenidas.

»Si no hay conjura contra el hijo del carpintero, el comportamiento de la señorita de La Mole resulta inexplicable, pero lo es para el marqués de Croisenois al menos tanto como para mí. Ayer, por ejemplo, su enojo era de lo más real, y tuve la satisfacción de doblegar a un joven tan noble y tan rico como muerto de hambre y plebeyo soy yo. Ese ha sido el mejor de mis triunfos; me divertirá en la silla de posta mientras recorro las llanuras de Languedoc.»


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