Rojo y negro
Rojo y negro Había guardado su marcha en secreto, pero Mathilde sabía mejor que él que iba a ausentarse de París al día siguiente y por mucho tiempo. Echó mano de un dolor de cabeza espantoso, que aumentaba con el bochorno del salón. Estuvo paseando mucho por el jardín y agobió tanto con sus bromas mordaces a Norbert, al marqués de Croisenois, a Caylus, a De Luz y a algunos otros jóvenes que habían cenado en el palacete de La Mole que los obligó a irse. Miraba a Julien de forma rara.
«Esa mirada es quizá teatro —pensó Julien—, pero ¡y esa respiración acelerada y toda esa turbación! ¡Bah! —se dijo—. ¿Quién soy yo para juzgar todas esas cosas? Tengo delante a la más sublime y aguda de todas las mujeres de París. Esa respiración acelerada que ha estado a punto de conmoverme la habrá aprendido de Léontine Fay, esa actriz que tanto le gusta.»
Se habían quedado solos; por supuesto, la conversación languidecía. «¡No! Julien no siente nada por mí», se decía Mathilde, realmente desdichada.
Cuando él se estaba despidiendo, Mathilde le estrechó el brazo con fuerza:
—Va a recibir esta noche una carta mía —le dijo con voz tan alterada que no se le reconocía el timbre.
Esta circunstancia impresionó a Julien en el acto.