Rojo y negro

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—Mi padre —siguió diciendo ella— siente una justificada estima por los servicios que usted le presta. Tiene que quedarse mañana; dé con un pretexto.

Y se alejó corriendo.

Tenía un talle delicioso. Era imposible tener un pie más lindo; corría con un donaire que embelesó a Julien; pero ¿podrá adivinar el lector qué fue lo siguiente que pensó este cuando ella hubo desaparecido? Se ofendió con el tono imperativo de ese tiene que: también a Luis XV, en el momento de morir, le resultó muy irritante que su médico de cabecera dijese torpemente tiene que, y eso que Luis XV no era un advenedizo.

Una hora después, un lacayo le entregó una carta a Julien; era sencillamente una declaración de amor.

«El estilo no es excesivamente afectado», se dijo Julien, intentado con esas observaciones literarias reprimir la alegría que le tiraba de las mejillas y le obligaba a reírse a su pesar.

«Así que al fin yo, yo, un pobre campesino, ¡he conseguido una declaración de amor de una gran dama!», exclamó de pronto, pues la pasión era demasiado violenta para poder contenerla.

«En cuanto a mi comportamiento, no ha estado mal —añadió, reprimiendo la alegría cuanto pudo—. He sabido conservar la dignidad de mi carácter. No he mencionado en absoluto el amor.»


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