Rojo y negro

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Se puso a examinar la forma de la letra; la señorita de La Mole tenía una letra inglesa, bonita y menuda. Julien necesitaba una ocupación física para distraerse de una alegría que llegaba al delirio.

«Su marcha me obliga a hablar… Estaría más allá de mis fuerzas no seguir viéndolo…»

A Julien se le ocurrió un pensamiento que fue un descubrimiento e interrumpió el examen que estaba llevando a cabo de la letra de Mathilde e incrementó su alegría. «He vencido al marqués de Croisenois —exclamó—, ¡yo que no digo sino cosas serias! Y ¡él es tan guapo mozo! Tiene bigote y un uniforme precioso; siempre se le ocurre en el momento oportuno una frase ingeniosa y sutil.»

Julien pasó por un momento delicioso; vagabundeaba al azar por el jardín, loco de felicidad.

Subió luego a su despacho y pidió que lo anunciasen al marqués de La Mole, quien afortunadamente no había salido. Le demostró fácilmente, enseñándole unos cuantos papeles anotados, que habían llegado de Normandía, que atender al pleito normando lo obligaba a aplazar el viaje a Languedoc.

—Me satisface mucho que no se vaya —le dijo el marqués cuando hubieron acabado de hablar de negocios—. Me gusta verlo.

Julien se fue; esta frase lo apuraba.


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