Rojo y negro
Rojo y negro «¡Y yo que voy a seducir a su hija! ¡A convertir quizá en imposible esa boda con el marqués de Croisenois que tan grato le pinta el porvenir: si él no consigue ser duque, al menos su hija tendría un taburete[53].» Julien pensó en irse a Languedoc pese a la carta de Mathilde y pese a la explicación dada al marqués. Este relámpago de virtud no tardó en esfumarse.
«!Mucha consideración estoy teniendo, yo, un plebeyo, al compadecerme de una familia de esta categoría! ¡Yo, a quien el duque de Chaulnes llama criado! ¿Cómo incrementa el marqués su inmensa fortuna? Vendiendo renta cuando se entera en la corte de que al día siguiente habrá apariencia de un golpe de Estado. Y yo, a quien una providencia madrastra ha relegado a la última fila, yo a quien le ha dado un corazón noble y ni tan siquiera mil francos de renta, es decir, que me ha dejado sin pan, sin pan literalmente hablando, ¿yo voy a rechazar un placer que se me brinda? ¡Un manantial cristalino que acude a saciarme la sed en el desierto ardoroso de la mediocridad por el que tan penosamente cruzo! No seré tan necio, a fe mía; que cada cual vaya a lo suyo en este desierto de egoísmo que se llama la vida.»
Y recordó de pronto algunas miradas colmadas de desdén que le había lanzado la señora de La Mole y, sobre todo, las señoras amigas suyas.
El placer de vencer al marqués de Croisenois acabó de poner en fuga esa evocación de la virtud.