Rojo y negro
Rojo y negro Mientras el escribano trabajaba, él le escribió a Fouqué; le rogaba que le guardase bien un depósito muy valioso. «Pero —se dijo— la censura de la oficina de correos abrirá mi carta y les devolverá a ustedes la que buscan… no, caballeros.» Fue a comprar una gruesa biblia a una librerÃa protestante, escondió con mucha habilidad la carta de Mathilde en la tapa, mandó que la empaquetasen y su paquete salió en la diligencia, dirigido a uno de los operarios de Fouqué, cuyo nombre no sabÃa nadie en ParÃs.
Hecho lo cual, regresó alegre y ágil al palacete de La Mole. «¡Ahora vamos a vernos las caras!» —exclamó, encerrándose con llave en su cuarto y quitándose el frac.
«¡Cómo, señorita! —le escribió a Mathilde—. ¿Es la señorita de La Mole quien, por manos de Arsène, criado de su padre, hace llegar una carta demasiado seductora a un pobre carpintero del Jura, seguramente para burlarse de lo simple que es…?» Y transcribÃa las frases más explÃcitas de la carta que acababa de recibir.