Rojo y negro
Rojo y negro «Despacito, señores de la nobleza, me hago cargo de ese menudo rasgo de maquiavelismo; el padre Maslon o el padre Castanède no lo habrían hecho mejor. Me quitarán la carta provocadora y seré la segunda edición del coronel Caron en Colmar[55].
»Un momento, caballeros; voy a enviar la carta fatal en depósito, en un paquete bien sellado, al padre Pirard. Él es un jansenista honrado y, como tal, a resguardo de las tentaciones de los presupuestos. Sí, pero abre las cartas… Esta se la voy a mandar a Fouqué.»
Hay que reconocer que la mirada de Julien era atroz y tenía una fisonomía repulsiva; rezumaba crimen en estado puro. Era el hombre desdichado en guerra con toda la sociedad.
«¡A las armas!», exclamó. Y salvó de un brinco los peldaños de las escaleras de la fachada del palacete. Entró en la tiendecilla del escribano de la esquina: le dio un susto.
—¡Copie! —le dijo, entregándole la carta de la señorita de La Mole.