Rojo y negro

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Tartufo, acto IV, escena V

«Tartufo también se perdió por una mujer, y no era más tonto que otros… Es posible que le enseñe mi respuesta a alguien… y a eso le pondremos el siguiente remedio —añadió, articulando despacio y con acento de ferocidad reprimida—: la empezaremos con las frases más vehementes de la sublime Mathilde.

»Sí, pero ¿y si cuatro criados del señor de Croisenois se arrojan sobre mí y me arrebatan el original?

»No, porque voy bien armado y es sabido que suelo disparar a los criados.

»Bien, uno de ellos es valiente; se arroja sobre mí. Le han prometido cien napoleones. Lo mato o lo dejo herido; espléndido, es lo que se pretendía. Me meten en la cárcel con todas las de la ley; comparezco en la sala de lo penal y con total justicia y equidad de los jueces me mandan a hacerles compañía en Poissy a los señores Fontan y Magalon[54]. Y allí duermo, todos juntos y revueltos, con cuatrocientos bribones… Y ¿voy a compadecerme de gente así? —exclamó, poniéndose de pie impetuosamente—. ¿Se compadecen ellos de las personas del tercer estado cuando las pillan?» Esta frase fue el último suspiro de su agradecimiento al señor de La Mole que, a su pesar, lo había estado atormentando hasta entonces.


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