Rojo y negro

Rojo y negro

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«¡Yo, un pobre campesino del Jura! —se repetía continuamente—. ¡Yo, condenado a llevar siempre esta triste ropa negra! ¡Ay, hace veinte años habría vestido uniforme, como ellos! Entonces un hombre como yo o lo mataban o era general a los treinta y seis años.» Esa carta que tenía apretada en la mano le daba la talla y la actitud de un héroe. «Cierto es que ahora, vestido de negro a los cuarenta años tiene uno cien mil francos de ingresos y la Orden del Espíritu Santo, como el señor obispo de Beauvais.

»¡Bien está! —se dijo riéndose como Mefistófeles—. Soy más inteligente que ellos; sé escoger el uniforme de mi siglo.»

Y notó que le crecía la ambición y el apego a la ropa de eclesiástico. «¡Cuántos cardenales de cuna más humilde que la mía han gobernado! Mi compatriota Granvelle, por ejemplo.»

Poco a poco, la agitación de Julien se fue calmando; se quedó a flote la prudencia. Se dijo, como su maestro Tartufo, cuyo papel se sabía de memoria:

Puedo en vuestras palabras ver un lícito ardid.

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No he de fiarme aún de unas frases tan dulces

sin que ciertos favores de esos que tanto ansío

no me den garantías de todo cuanto han dicho.


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