Rojo y negro

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Capítulo XIV. Pensamientos de una muchacha

¡Cuántas perplejidades! ¡Cuántas noches sin sueño! ¡Santo cielo! ¿Me volveré despreciable? Él me despreciará. Pero ¡se marcha! Se aleja.

ALFRED DE MUSSET

Mathilde había escrito no sin lucha. Cualquiera que hubiera sido el comienzo de su interés por Julien, no tardó este en prevalecer sobre el orgullo que, desde que tenía conciencia de sí misma, era lo único que reinaba en su corazón. Por primera vez un sentimiento apasionado arrebataba aquella alma altanera y fría. Pero, aunque prevaleciera sobre el orgullo, Mathilde no había dejado de ser fiel a los hábitos del orgullo. Dos meses de combates y de sensaciones nuevas le renovaron, por así decirlo, toda la constitución espiritual.

Mathilde creía vislumbrar la dicha. Aquella perspectiva omnipotente de las almas valerosas, unida a una inteligencia superior, tuvo que luchar prolongadamente contra la dignidad y todos los sentimientos de los deberes vulgares. Un día, entró en los aposentos de su madre a las siete de la mañana, rogándole que le permitiera ir a buscar refugio en Villequier. La marquesa ni se dignó contestarle y le aconsejó que se volviera a meter en la cama. Fue el último esfuerzo de la sensatez vulgar y de la deferencia a las ideas preconcebidas.


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