Rojo y negro
Rojo y negro El temor de no hacer lo debido y de ir en contra de las ideas que los Caylus, los De Luz y los Croisenois consideraban sagradas tenían muy poco imperio sobre su alma; las personas así no le parecía que estuvieran hechas para entenderla; las habría consultado si se hubiera tratado de comprar una calesa o una finca. Lo que de verdad la aterrorizaba era que Julien se sintiera descontento de ella.
¿Y si resultara que no tenía sino las apariencias de un hombre superior?
Aborrecía la falta de carácter, era la única objeción que tenía en contra de los apuestos jóvenes que la rodeaban. Cuanto más se burlaban donosamente de todo cuanto se aparta de la moda o se atiene mal a ella creyendo hacerlo bien, de menos los hacía Mathilde.
Eran valientes, y nada más. «E incluso ¿cómo son valientes? —se decía Mathilde—. En los duelos» Pero los duelos no son sino una ceremonia. Se sabe ya todo de antemano, incluso lo que hay que decir al caer. Tendido en el césped y con la mano en el corazón, es preciso perdonar generosamente al adversario y dejar dicha una frase para una mujer hermosa, frecuentemente imaginaria, o que va al baile el día en que uno ha muerto por temor de despertar sospechas.
Desafían el peligro a la cabeza de un escuadrón de acero resplandeciente, pero ¿y el peligro solitario, singular, imprevisto, realmente feo?