Rojo y negro
Rojo y negro «¡Ay! —se decÃa Mathilde—. ¡En la corte de Enrique III era donde encontrábamos hombres tan grandes por el carácter cuanto por la estirpe! ¡Ah, si Julien hubiera servido en Jarnac o en Moncontour, ya no me quedarÃan dudas! En aquella época de vigor y fuerza, los franceses no eran muñecos. El dÃa de la batalla era casi el de las menores perplejidades.