Rojo y negro
Rojo y negro »No tenÃan la vida presa, como una momia egipcia, bajo un envoltorio siempre igual para todos, siempre el mismo. Sà —añadÃa—, habÃa más valor verdadero en retirarse solo a las once de la noche al salir del palacio de Soissons, donde vivÃa Catalina de Médicis, que hoy en dÃa en Argel. La vida de un hombre era una serie de azares. Ahora, la civilización ha desterrado el azar, ya no suceden imprevistos. Si surge uno en las ideas, no hay bastantes epigramas contra él; si se presenta en los acontecimientos, no hay cobardÃa mayor que el temor que nos inspira. Fuere cual fuere la insensatez que cometamos por temor, queda disculpada. ¡Siglo degenerado y aburrido! ¿Qué habrÃa dicho Boniface de La Mole si, alzando de la tumba la cabeza cortada, hubiese visto, en 1795, que diecisiete de sus descendientes se dejaban apresar como corderos para que los guillotinasen dos dÃas después? La muerte estaba asegurada, pero habrÃa sido de mal tono defenderse y matar a un par de jacobinos por lo menos. ¡Ay, en los tiempos heroicos de Francia, en el siglo de Boniface de La Mole, Julien habrÃa sido jefe de escuadrón y mi hermano un joven sacerdote de costumbres como es debido, con la sensatez en la mirada y la razón en los labios!»