Rojo y negro
Rojo y negro Pocos meses antes, Mathilde había abandonado la esperanza de conocer a alguien un tanto diferente del patrón común. Había sentido cierta dicha permitiéndose escribir a algunos jóvenes del buen mundo. Ese atrevimiento, tan impropio, tan imprudente en una joven, podía deshonrarla ante el señor de Croisenois, el duque de Chaulnes, su padre y todo el palacio de Chaulnes, que, al ver que se desbarataba la boda prevista, habría querido saber por qué. En aquellos tiempos, cuando había escrito una de esas cartas, Mathilde no podía dormir. Pero esas cartas no eran sino respuestas.
En esta, se atrevía a decir que amaba. Era ella la primera (¡terrible palabra!) en escribir a un hombre que pertenecía a las últimas filas sociales.
Esa circunstancia garantizaba, en caso de que se descubriera, un deshonor eterno. ¿Qué mujer, de entre las que visitaban a su madre, se habría atrevido a ponerse de su parte? ¿Qué frase se les podría haber propuesto que repitieran para amortiguar el golpe del espantoso desprecio de los salones?
Y hablar era ya espantoso, pero ¡escribir! Hay cosas que no se deben escribir, exclamó Napoleón al enterarse de la capitulación de Bailén. Y ¡era Julien quien le había hablado de esa frase! Como si la estuviera aleccionando de antemano.