Rojo y negro

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Pero nada de eso importaba en realidad; la angustia de Mathilde tenía otros motivos. Echando al olvido el efecto espantoso en la sociedad, la mancha indeleble y tan colmada de desprecio, porque era un ultraje a toda su estirpe, Mathilde iba a escribir a una persona de naturaleza muy diferente a la de los Croisenois, los De Luz, los Caylus.

Lo hondo, lo desconocido del carácter de Julien hubieran sido amedrentadores incluso al trabar con él una relación ordinaria. ¡Y ella iba a convertirlo en amante suyo, quizá en su dueño!

«¿Qué pretensiones podrá llegar a tener si alguna vez tiene poder absoluto sobre mí? Pues bien, me diré como Medea: Entre tantos peligros, aún me queda algo: Yo.»

Julien, creía Mathilde, no sentía veneración alguna por la nobleza de sangre. Y había más aún: ¡era posible que no sintiera por ella amor alguno!

En esos últimos momentos de dudas espantosas, se presentaron los pensamientos del orgullo femenino. «¡Todo debe ser singular en el destino de una joven como yo!», exclamó Mathilde, perdiendo la paciencia. En esos momentos, el orgullo que le habían inculcado desde la cuna peleaba con la virtud. Fue entonces cuando surgió el viaje de Julien y lo precipitó todo.

(Caracteres así escasean mucho, afortunadamente.)


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