Rojo y negro
Rojo y negro Muy entrada ya la noche, Julien dio en la malicia de mandar que bajasen a la portería un baúl muy pesado; llamó para que lo llevase al lacayo que cortejaba a la doncella de la señorita de La Mole. «Esta maniobra puede no dar ningún resultado —se dijo—; pero, si cuaja, creerá que me he marchado.» Se durmió muy alegre con esa broma. Mathilde no pegó ojo.
A la mañana siguiente, muy temprano, Julien salió del palacete sin que lo viera nadie, pero regresó antes de las ocho.
No bien entró en la biblioteca, se presentó en la puerta la señorita de La Mole. Julien le entregó su respuesta. Pensaba que tenía el deber de hablarle; nada más cómodo, por lo demás; pero la señorita de La Mole no quiso escucharlo y se esfumó. Julien se quedó encantado; no sabía qué decirle.
«Si todo esto no es juego tramado con el conde Norbert, está claro que son mis miradas rebosantes de frialdad las que han prendido la chispa del amor barroco que a esa joven de tan alta cuna se le ha ocurrido sentir por mí. Sería un poco más sandio de lo conveniente si cediera alguna vez a una afición por esa muñeca rubia.» Esta forma de razonar lo dejó más frío y más calculador de lo que nunca había sido.