Rojo y negro
Rojo y negro «En la batalla que se prepara —añadió—, el orgullo de casta será como una colina elevada que equivaldrá a una posición militar entre ella y yo. Ahà es donde hay que maniobrar. He hecho muy mal quedándome en ParÃs; este retraso en el viaje me envilece y me expone al peligro si todo esto no es sino un juego. ¿A qué me arriesgaba yéndome? Me burlaba de ellos, si es que se están burlando de mÃ. Si en ese interés de Mathilde por mà hay algo cierto, multiplicaba ese interés por cien.»
La carta de la señorita de La Mole habÃa proporcionado deleite tal a la vanidad de Julien que, al tiempo que se reÃa de lo que le estaba sucediendo, se habÃa olvidado de calibrar seriamente lo oportuno de haberse ido.
Una de las fatalidades de su carácter consistÃa en ser muy sensible a los propios errores. Este lo tenÃa muy contrariado y casi no se acordaba ya de la victoria que habÃa precedido a ese pequeño fracaso cuando, a eso de las nueve, la señorita de La Mole apareció en el umbral de la biblioteca, le arrojó una carta y salió huyendo.
«Por lo visto, esta va a ser una novela epistolar —dijo Julien al recogerla—. El enemigo ha hecho un movimiento en falso; yo voy a sacar las tropas de la frialdad y la virtud.»