Rojo y negro
Rojo y negro Se le pedía una respuesta decisiva con una altanería que aumentó el regocijo interior. Se dio el gusto de pasarse dos páginas embaucando a las personas que pretendieran reírse de él y fue también con una broma como anunció, al final de la respuesta, que estaba decidida su marcha para el día siguiente.
Tras acabar la carta, pensó: «El jardín va a servirme para entregarla». Y allí se fue. Miraba la ventana de la señorita de La Mole.
Estaba en el primer piso, al lado de los aposentos de su madre, pero había un entresuelo de grandes dimensiones.
Era tan alto de techo que, al pasear Julien por la avenida de tilos, con la carta en la mano, no se lo podía ver desde la ventana de la señorita de La Mole. La bóveda que formaban los tilos, muy bien podados, interceptaba la vista. «¿Y esto? —se dijo Julien muy irritado—. ¡Otra imprudencia! Si alguien tiene el propósito de burlarse de mí, exhibirme con una carta en la mano es favorecer a mis enemigos.»
La habitación de Norbert estaba exactamente encima de la de su hermana; y si Julien salía de la bóveda que formaban las ramas podadas de los tilos, el conde y sus amigos podían presenciar todos sus movimientos.