Rojo y negro

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La señorita de La Mole apareció tras los cristales; Julien enseñó la carta a medias; ella asintió con la cabeza. En el acto Julien regresó corriendo a su habitación y se cruzó por casualidad, en las escaleras principales, con la hermosa Mathilde, que cogió la carta con naturalidad perfecta y ojos risueños.

«¡Cuánta pasión había en los ojos de la pobre señora de Rênal cuando, incluso después de seis meses de relaciones íntimas, se atrevía a recibir una carta mía! —se dijo Julien—. Creo que no me ha mirado en la vida con ojos risueños.»

No se reveló a sí mismo con tanta claridad el resto de la respuesta; ¿acaso se avergonzaba de la futilidad de los motivos? «Pero es que —añadía su pensamiento— ¡qué diferencia en la elegancia del vestido de mañana y en la elegancia del aderezo! Al ver a la señorita de La Mole a treinta pasos de distancia, un hombre de gusto adivinaría qué puesto ocupa en sociedad. Eso es lo que puede llamarse un mérito explícito.»

Al tiempo que bromeaba, Julien seguía sin confesarse todos sus pensamientos: la señora de Rênal no tenía a un marqués de Croisenois al que renunciar por él. Julien no tenía más rival que aquel subprefecto infame, el señor Charcot, que se hacía llamar De Maugiron porque ya no queda ningún De Maugiron.


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