Rojo y negro

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—¡Ay, Dios mío, qué primor de curita! —dijo en voz alta la cocinera, que era una buena mujer muy devota.

El amor propio del señor de Rênal se estaba intranquilizando: en vez de pensar en examinar al preceptor, estaba absorto rebuscando en la memoria algunas palabras latinas; por fin, pudo decir un verso de Horacio. Julien no sabía más latín que el de su biblia. Contestó, frunciendo el entrecejo:

—El sagrado ministerio al que me destino me ha impedido leer a un poeta tan profano.

El señor de Rênal citó bastantes versos supuestamente de Horacio. Les explicó a sus hijos quién era Horacio; pero los niños, admirados, no hacían caso de lo que decía. Miraban a Julien.

Como los criados seguían en la puerta, a Julien le pareció oportuno alargar la prueba:

—El señor Stanislas-Xavier[8] tiene que indicarme también un pasaje del libro sagrado —le dijo al niño más pequeño.


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