Rojo y negro
Rojo y negro dice el anciano don Diègue[57]; y aquà con total claridad me echo atrás ante el primer peligro que se me brinda; porque aquel duelo con el señor de Beauvoisis no dejaba de ser una broma. ¡Esto es muy diferente! Puedo servirle de tiro al blanco a un criado, pero ese es el peligro menor: ¡puedo quedar deshonrado!
»¡Esto se está poniendo serio, muchacho! —añadió, con jovialidad y acento gascones—. Lo que está en juego es el honor. Nunca hallará un pobre diablo como yo, a quien el azar puso tan abajo, una ocasión como esta; tendré el favor de algunas mujeres, pero serán amores subalternos…»
Anduvo pensando mucho rato; paseaba con pasos precipitados, deteniéndose en seco a veces. HabÃan colocado en su cuarto un espléndido busto de mármol del cardenal Richelieu, hacia el que, a su pesar, se le iba la vista. El busto aquel parecÃa estar mirándolo con severidad y como si le reprochase la carencia de esa audacia que debe serle tan natural a la forma de ser francesa. «En tus tiempos, gran hombre, ¿habrÃa titubeado?»