Rojo y negro

Rojo y negro

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«En el peor de los casos —se dijo por fin Julien—, supongamos que todo esto es una trampa; es algo muy negro y muy comprometedor para una joven. No es ninguna novedad que no soy hombre que se calle. Tendrán, pues, que matarme. Eso valía en 1574, en tiempos de Boniface de La Mole, pero en los tiempos actuales no se atreverían de ninguna manera. Esta gente no es ya la misma. ¡La señorita de La Mole es tan envidiada! ¡Su vergüenza retumbaría mañana en cuatrocientos salones! Y ¡con qué satisfacción!

»Los criados charlan de la preferencia tan clara que me muestra; lo sé, los he oído…

»Por otra parte ¡sus cartas!… Pueden creer que las llevo encima. Me sorprenden en su habitación y me las quitan. Tendré que vérmelas con dos hombres, con tres, con cuatro, ¿qué sé yo? Pero esos hombres ¿de dónde los van a sacar? ¿Dónde encontrar en París subalternos discretos? Le tienen miedo a la justicia… ¡Por vida de…! Los Caylus, los Croisenois, los De Luz en persona. Ese momento y la pinta de necio que se me pondrá cuando me rodeen será lo que los ha seducido. ¡Cuidado con lo que le pasó a Abelardo, señor secretario!

»Pues bien, caballeros, por vida de… llevarán ustedes mis señales: heriré en la cara, como los soldados de César en Farsalia. En cuanto a las cartas, puedo ponerlas en lugar seguro.»


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