Rojo y negro
Rojo y negro Julien hizo copias de las dos últimas, las ocultó en uno de los tomos de la hermosa edición de Voltaire de la biblioteca y llevó en persona los originales al correo.
Al regresar, se dijo, sorprendido y amedrentado: «¡En qué locura voy a meterme!». Llevaba un cuarto de hora sin mirar de frente su acción de la siguiente noche.
«Pero ¡si me niego, más adelante me despreciaré! Esa acción seguirá siendo toda la vida un asunto dudoso y para mà esa duda es la desgracia más hiriente. ¿No la he sentido acaso con el amante de Amanda? Creo que me perdonarÃa con más facilidad un crimen declarado; cuando lo hubiera admitido, dejarÃa de acordarme de él.
»¡Cómo! ¡Haber sido el rival de un hombre que lleva uno de los apellidos más preclaros de Francia y haberme considerado yo mismo, y de buen grado, inferior! En el fondo, no ir es una cobardÃa. Esa palabra lo decide todo… —exclamó, poniéndose de pie—, y ¡además es tan bonita!
»Si no estamos ante una traición, ¡qué locura ha cometido por mÃ! Si es un engaño, ¡por vida de… señores! Solo de mà depende convertir la broma en algo serio. Y eso será lo que haga.